Telex-teletipo de la época por donde RNE enviaba sus noticias para ser emitidas por todas las emisoras de España.

¡ Aquellas campanadas !

 

No puedo dejar de contar aquí algo que, rememorado así al cabo de los años, puede calificarse de anécdota, pero que cuando lo viví supuso un momento de angustia que no volví a experimentar más que en alguna pesadilla a lo largo de mis años de trabajo en la radio, siempre atado al reloj y pendiente de los segundos que quedan para salir a antena. Se sueña muchas veces -por lo menos a mí me ha pasado- que no llegas al estudio a la hora mientras suenan las señales horarias, o que pierdes el guión por el camino y te quedas en blanco ante el micrófono.

   Me gustaba y me ha gustado siempre, seguramente por ese control del paso del tiempo que adquirimos los de la radio, llegar a los sitios con el margen suficiente para no perder el aliento y los nervios, antes de entrar al locutorio. Una de aquellas madrugadas en que debía trasladarme desde mi casa, cerca del estadio Vicente Calderón, hasta la radio, situada a la altura de Ríos Rosas, sufrí lo que a cualquiera le pasa alguna vez: que te duermes o el despertador te juega una mala pasada. Cuando me desperté, debían de ser cerca de las seis de la mañana, la hora en que tendría que estar en directo, y tras sonar el Himno Nacional y la sintonía de la emisora, dar la hora, el santoral y el tiempo; antes de dar comienzo a la programación. Me quedaban solo unos pocos minutos para vestirme arreglarme y llegar a la emisora. Menos mal que entonces no había radares como ahora, pero con una Castellana casi solo para mí y ante las circunstancias, imagínense a la velocidad que iba yo en aquel coche. La anécdota no deja de ser corriente. Uno llega tarde al trabajo alguna vez, pero imaginen lo que iba sintiendo mientras por la radio, que no pude evitar sintonizar, iba escuchando repetidamente el inconfundible indicativo con cuatro toques de campana y la voz que dice: “Aquí, Radio Intercontinental, Madrid”. Lo iban radiando una y otra vez entre disco y disco, sin que nadie –o sea yo- saliera al micrófono a decir nada. Era la evidencia de mi descuido y el grito implacable de la radio, diciendo... ¡ aquí no hay nadie! Nunca más he llegado tarde a un programa en directo en 30 años de profesión.
   

Libertad informativa

 

Y mientras yo no era más que un pipiolo, que podría haber perdido su primer empleo por aquella falta grave y  al que se utilizaba de corre turnos  en esta “tradicional” emisora, me tocó ser el primero, en octubre de 1977, probablemente el día 7 -un día después del Real Decreto 2664/1977, sobre libertad de información general para las emisoras de radiodifusión,  firmado por el Ministro Pio Cabanillas Gallas, titular de un departamento convertido ya en Ministerio de Cultura- en poder ofrecer libremente información nacional e internacional, sin tener que limitarse a los resúmenes que enviaban desde Prado del Rey (donde como explicaré, trabajaba por las tardes, en RNE). Así que una buena mañana de 1977, ¡podía informar sin ninguna cortapisa!

   No sé qué noticias fueron las primeras que pude ofrecer a mis oyentes aquella mañana de liberación radiofónica, pero sí recuerdo el placer y el despecho con los que las iba redactando y luego lanzando a la antena. Como el que sale de un largo encarcelamiento, o como quien conduce el coche en su primer día de carnet. Y también recuerdo, que cuando terminaba de leer mis primeros boletines –cosecha propia y libre- ya no miraba ni de soslayo a aquellos “Jefes de Emisiones y más cosas”, que por cierto -no mucho más tarde- desaparecieron de la escena radiofónica, como reconociendo quienes ahí les habían situado, que su papel no era precisamente dirigir la emisión, perfectamente manejada por los profesionales del micrófono y de la técnica.

   En la Inter -como se la llamaba en sus años más populares a la emisora- a pesar de que tuvo su origen en un claro episodio de nepotismo, se había logrado una radio eficaz con gran penetración gracias a la popularidad de sus locutores, verdaderos maestros de la comunicación, sostenida entonces casi en exclusiva en los dotes para el arte y la técnica de la locución. Tal era el caso de Ángel de Echenique, Ernesto Lacalle, María Elena Domenech, Fernando Forner, o Manuel García Pizarro. José Luis Montero e Isabel Baeza, junto a mi apreciado Miguel Vila. A todos ellos tuve la suerte de conocer en esos años y de todos ellos guardo gratos recuerdos y experiencias acumuladas que sin duda influyeron en mi formación práctica.
  Por allí también habían pasado Jesús Álvarez (padre), y dejaron su huella Ángel Soler con el popular "El Eulogio y la Remedios" con Aurelia Carrascal,  Mariano de la Banda y Miguel de los Santos, que luego triunfaría en la SER y en TVE, como presentador muy conocido. 

 

 

Guillermo Orduna, periodista de radio, blog de actualidad