Salvación in extremis

8-Jun-2014

39 años, igual que Franco por cierto, ha estado el Rey Juan Carlos al frente de la Jefatura del Estado.

Su abdicación viene a producirse en un momento de mutación inexorable y en plena crisis de un sistema que no ha llegado a consolidarse en muchos aspectos y en el que los poderes fácticos han dominado sore la idea, "la soberanía reside en en el pueblo".

 Tras una dictadura de 39 años, acogimos con ilusión la llegada de un régimen democrático y de libertades, del que ciertamente hemos disfrutado pero solo en una cierta dosis, la que los poderosos han querido suministranos, salvaguardando ellos sus intocables intereses.

 Ahora, cuando pasado el tiempo se han podrido algunos tejidos del sistema, se han puesto de manifiesto las insuficiencias de ese entramado en el que algunos de los grandes pilares no han funcionado o se han visto condicionados fuertemente por intereses no confesados: La Justicia, supedidtada a los muros de los poderes políticos; los derechos fundamentales, como el de la "vivienda digna", no aplicado, el trabajo, etc.

Si a esto añadimos una corrupción que se extiende amenazante por las venas del organismo social creado tras la Constitución del 78, la crisis en toda la extensión de la palabra nos ha atropellado a todos, incluídos los poderosos: la banca aferrada a sus intereses, los partidos incapaces de conectar con los ciudadanos, el mundo empresarial sin saber prestar su función social, la justicia y la propia Corona.

Don Juan Carlos se ha visto obligado a desdecirse y a abdicar la Corona, en contra de su propia idea. El único modo de salvar la institución monárquica que heredó en intricado proceso de sucesión, es ceder los poderes a su hijo heredero y hacerlo antes de lo previsto, obligado por el relevo en uno de los dos partidos con los que ha contado para preparar en secreto el decisivo paso de abdicación. Antes de que el Rubalcaba de la vieja guardia se vaya definitivamente y pudiera sucederle un nuevo líder joven para gobernar un partido que se define republicano. Antes de que otro dirigente pudiera anteponer el republicanismo que Rubalcaba ha decidido no ejercer.

 Estamos, sencillamente, ante otro apaño de los poderes a espaldas de los ciudadanos a quienes dicen servir. Pero aplicaremos con sabiduría la teoría del mal menor para que las cosas sigan gozando de una estabilidad deseada por todos. La monarquía sigue siendo un mal menor, porque más allá de la lógica aplastante de que una república es un sistema más democrático, ¿ alguien se ha parado a pensar quienes podrían ser los presidentes de esa Tercera República Española ? ¿Aznar? ¿González? ¿Griñan? ¿Posada?  ... prefiero bajar la cabeza ante Felipe VI.

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Guillermo Orduna, periodista de radio, blog de actualidad